
¡Quién tuviera un
niño!
Quién tuviera un niño chiquitín y suave
como un botoncito de rosa entre abierto;
de apenas escasos cabellos dorados
y los ojos claros como el firmamento.
Quién tuviera un niño chiquitín y suave,
de manitas tiernas como dos capullos,
de orejas rosadas como caracoles,
donde mi voz fuera de sutil murmullo.
Y en las noches frías cuando el viento ruge
y las puertas hace crujir con espanto,
para no sentirlo temblando de miedo
apretado a mi alma le entonara un canto.
¡Qué de cosas bellas haría a mi niño!
Terciopelo y raso no fueran tan suaves
a su cuerpecito de piel de durazno.
Yo le haría un nido con plumas de aves.
No le contaría historias de lobos
ni de ogros feroces, ni caperucitas.
Le dijera de ángeles con alas muy blancas,
de jardines mágicos con hadas madrinas.
Para que jugara con sus manecitas,
cascabeles rudos, no pondría en su cuna.
Tiernas avecillas y estrellas de plata
y hasta por juguete le daría la luna.
No me atrevería a asirlo muy fuerte,
temerosa acaso de que se rompiera
entre mis dos brazos como porcelana
o como un pequeño muñeco de cera.
Yo me pasaría las horas felices,
tejiendo pequeños saquitos de lana.
haciendo canciones de música etérea
que cantara luego al pie de su cama.
¡Quién tuviera un niño chiquitín y suave!
Como un botoncito de rosa entreabierto,
para hacerle versos bordados con oro
en letras azules sobre el firmamento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario