jueves, 30 de marzo de 2017

Aridez


Mi vientre está callado como una flauta ciega;
como un jardín nocturno, como un farol cansado.
¡Lenta rosa sumida en la penumbra
sin la blonda semilla del amado!

La sangre va sonámbula por mis rotas arterias
sin que un grito de luz la rompa como un vino.
Desolada quietud de espiga muerta
sobre el rubio temblor que aroma el trigo!

Esta cintura estrecha con aros musicales,
apretada a mi carne como un viento ceñido.
Es inútil su espacio como la luz que apenas
se filtra por los poros cerrados de un anillo.

Esta estrecha cintura sin las grietas henchidas
de la uva morena reventada en dulzuras.
Este vientre sumido sin la comba latiente
del milagro escondido de la fruta madura.

Estos senos alzados en la cima del torso,
tal cálidos espejos en la sien de la aurora,
de gérmenes inválidos sus redondeces tiemblan
como quebrados tallos de ausentes amapolas.

Estas quietas caderas sin latidos secretos,
sin el dolor sublime del dulce ensanchamiento.
Breve flor cerrada sin la abeja de música                                  
que transite su carne como un cálido viento!

Este mar de mi sangre como el pulso del aire,
en cintas empinadas, en ráfagas sonoras,
es el tallo que canta con su propia cadencia
ignorando el milagro de repartise en hojas!

El arpa de mi cuerpo con áridos perfumes,
por la orilla del mundo va gimiendo angustiado.
—¡Oh perpetua amargura de la hembra que guarda

absolutas tinieblas en su vientre callado…!

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