Aridez
Mi
vientre está callado como una flauta ciega;
como
un jardín nocturno, como un farol cansado.
¡Lenta
rosa sumida en la penumbra
sin
la blonda semilla del amado!
La
sangre va sonámbula por mis rotas arterias
sin
que un grito de luz la rompa como un vino.
Desolada
quietud de espiga muerta
sobre
el rubio temblor que aroma el trigo!
Esta
cintura estrecha con aros musicales,
apretada
a mi carne como un viento ceñido.
Es
inútil su espacio como la luz que apenas
se
filtra por los poros cerrados de un anillo.
Esta
estrecha cintura sin las grietas henchidas
de
la uva morena reventada en dulzuras.
Este
vientre sumido sin la comba latiente
del
milagro escondido de la fruta madura.
Estos
senos alzados en la cima del torso,
tal
cálidos espejos en la sien de la aurora,
de
gérmenes inválidos sus redondeces tiemblan
como
quebrados tallos de ausentes amapolas.
Estas
quietas caderas sin latidos secretos,
sin
el dolor sublime del dulce ensanchamiento.
Breve
flor cerrada sin la abeja de música
que
transite su carne como un cálido viento!
Este
mar de mi sangre como el pulso del aire,
en
cintas empinadas, en ráfagas sonoras,
es
el tallo que canta con su propia cadencia
ignorando
el milagro de repartise en hojas!
El
arpa de mi cuerpo con áridos perfumes,
por
la orilla del mundo va gimiendo angustiado.
—¡Oh
perpetua amargura de la hembra que guarda
absolutas
tinieblas en su vientre callado…!

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