jueves, 30 de marzo de 2017

Laxitud


Acércate amor mío
quiero verte mejor
la cara de fatiga
que te dejó el amor.

Son más tristes tus ojos,
más pálida tu frente;
el correr de la sangre
en tus venas se siente.

Tu boca se ha quedado
como una flor abierta.
Descansa tu cabeza
como una rosa muerta.

Me invade tal ternura
después que me has querido
que te siento a mi lado
como un niño dormido.

El aliento cansado
que en mi pecho se mueve,
a pasar por tu cara
ni siquiera se atreve.

Déjame contemplarte
en silencio profundo
para ver en tus ojos
la belleza del mundo.

No te muevas, no hables
y reposa en mi pecho.
¿no sientes el aroma
que exhala nuestro lecho?

Cierra tus negros ojos
y duérmete, mi vida,
yo velaré tu sueño
                                                                  a tu aliento prendida.
Aridez


Mi vientre está callado como una flauta ciega;
como un jardín nocturno, como un farol cansado.
¡Lenta rosa sumida en la penumbra
sin la blonda semilla del amado!

La sangre va sonámbula por mis rotas arterias
sin que un grito de luz la rompa como un vino.
Desolada quietud de espiga muerta
sobre el rubio temblor que aroma el trigo!

Esta cintura estrecha con aros musicales,
apretada a mi carne como un viento ceñido.
Es inútil su espacio como la luz que apenas
se filtra por los poros cerrados de un anillo.

Esta estrecha cintura sin las grietas henchidas
de la uva morena reventada en dulzuras.
Este vientre sumido sin la comba latiente
del milagro escondido de la fruta madura.

Estos senos alzados en la cima del torso,
tal cálidos espejos en la sien de la aurora,
de gérmenes inválidos sus redondeces tiemblan
como quebrados tallos de ausentes amapolas.

Estas quietas caderas sin latidos secretos,
sin el dolor sublime del dulce ensanchamiento.
Breve flor cerrada sin la abeja de música                                  
que transite su carne como un cálido viento!

Este mar de mi sangre como el pulso del aire,
en cintas empinadas, en ráfagas sonoras,
es el tallo que canta con su propia cadencia
ignorando el milagro de repartise en hojas!

El arpa de mi cuerpo con áridos perfumes,
por la orilla del mundo va gimiendo angustiado.
—¡Oh perpetua amargura de la hembra que guarda

absolutas tinieblas en su vientre callado…!


No he mecido un niño


No he mecido un niño;
por eso mis brazos
no saben de alas
perfumes  ni nardos.

No he mecido un niño;
por eso mi cuerpo
no sabe de nidos
ni de miel  mis senos.

No de venas rotas,
ni la comba dura
del fruto escondido
que ancha la cintura

No he mecido un niño;
por eso en mi canto
no suenan las notas
azules del llanto;

Ni sabe mi tacto
de las cosas suaves:
la brisa, el rocío
y el volar del ave.

No he mecido un niño.
Mi sangre dormida
no sabe el milagro
de ser compartida.




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¡Quién tuviera un niño!


Quién tuviera un niño chiquitín y suave
como un botoncito de rosa entre abierto;
de apenas escasos cabellos dorados
y los ojos claros como el firmamento.

Quién tuviera un niño chiquitín y suave,
de manitas tiernas como dos capullos,
de orejas rosadas como caracoles,
donde mi voz fuera de sutil murmullo.

Y en las noches frías cuando el viento ruge
y las puertas hace crujir con espanto,
para no sentirlo temblando de miedo
apretado a mi alma le entonara un canto.

¡Qué de cosas bellas haría a mi niño!
Terciopelo y raso no fueran tan suaves
a su cuerpecito de piel de durazno.
Yo le haría un nido con plumas de aves.

No le contaría historias de lobos
ni de ogros feroces, ni caperucitas.
Le dijera de ángeles con alas muy blancas,
de jardines mágicos con hadas madrinas.

Para que jugara con sus manecitas,
cascabeles rudos, no pondría en su cuna.
Tiernas avecillas y estrellas de plata
y hasta por juguete le daría la luna.

No me atrevería a asirlo muy fuerte,
temerosa acaso de que se rompiera
entre mis dos brazos como porcelana
o como un pequeño muñeco de cera.

Yo me pasaría las horas felices,
tejiendo pequeños saquitos de lana.
haciendo canciones de música etérea
que cantara luego al pie de su cama.

¡Quién tuviera un niño chiquitín y suave!
Como un botoncito de rosa entreabierto,
para hacerle versos bordados con oro
en letras azules sobre el firmamento.

Fragmento de la novela "Aún llueve en Torcoroma", que narra la vida de la poeta Dolly Mejía

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