
Esta mi sangre, en llamas florecida,
ha de unirse a tu voz como una ola,
y crecerá en capullos milagrosos
si la ampara tu sed como una sombra.
Me infiltraré por tus arterias vivas
como pequeña abeja entre el capullo.
Me romperé en tu ser como una nube,
me vertiré sutil en tu murmullo.
Y verás en mis ojos ese mundo
que recóndito tiembla en floraciones;
ese volcán dorado que no estalla
hasta tener tu luz y tus canciones.
Y sentirás mi espacio que se ensancha
como un inmenso lago de panales
y las frutas calladas de mis senos
temblar como el aliento de los ángeles.
Me doblaré a tus pies como una rama
y mi tacto se hará como las uvas.
Mi cuerpo como un árbol generoso
tendrá para tu sed frutas maduras.
Y será como un cántico de espumas
la hora presentida de la entrega.
Tan sutil y tan leve a mi llegada
como el pulso sonoro de tus venas.